EL   CAMBIO

Por Luciano Rodrigo*

Cambia, todo cambia, …..  dice la canción

¿Y quién podría decir que nada cambia?

Cambian los países, cambia la economía, las instituciones, las personas. Cambia la manera de producir, de trabajar, de vestirse  y de comer, de relacionarse … cambia, todo cambia.

Sin embargo a menudo actuamos como si el cambio fuera algo a evitar, buscamos hacer de manera que todo siga igual, preferimos la comodidad de lo conocido al riesgo de lo desconocido. A lo más hacemos como si cambiáramos para seguir igual que antes. A lo más esperamos que otros cambien, pero no uno mismo!!!

Seguramente pensamos que uno mismo está bien así y que no hay nada que cambiar. Como si aceptar la necesidad de cambiar significara que tenemos defectos serios, errores graves; que estamos siendo puestos en cuestión, sometidos a la crítica destructiva. Suponemos, que buscan cambiarnos por otros, “sacarnos de la cancha”.

¿Por qué, si lo hago bien, tendría que cambiar?

Así pues, personas e instituciones, países también, ponemos en evidencia un rechazo profundo a cambiar.

¡A lo más, que los otros cambien también!!!!  Ahí sí que estaríamos dispuestos a cambiar.

Pero la vida misma es porfiada, el cambio ocurre igual, ¡¡lo queramos o no!!

Cuando en los países la necesidad de cambio es fuerte pero el orden establecido lo impide, no lo permite ni lo canaliza, llegan a ocurrir situaciones de explosión social con daños múltiples, casi siempre graves, para todos en último término.

Cuando las personas no cambian, los daños son también importantes. Desde los hijos que no recibieron, a pesar de las buenas intenciones (son los actos que cuentan), el interés y afecto de sus padres, hasta los padres que logramos entender algo de nuestra responsabilidad de padres cuando ya era demasiado tarde. Cuando parejas unidas al comienzo por el afecto de cuerpos y almas, no lograron construir relaciones sólidas y permitieron que el silencio y el alejamiento ocuparan el primer lugar. ¿Cuánto sufrimiento y cuánto desperdicio de vida, de alegría, de bienestar, ocurrieron allí?

Y cuando las empresas no cambian, casi inevitablemente ocurrirá que, aquí o en otros lugares, vendrán otras empresas que supieron cambiar, aprender, y moverse hacia situaciones de mayor rendimiento, eficacia, mejores resultados.

Hoy por hoy, las mismas tecnologías, maquinarias, capitales, modos de gestión, están igualmente disponibles en cualquier lugar del mundo. La diferencia entre los exitosos y los que fracasan en ruta, no está pues allí.

¿Dónde está entonces?

Ciertamente punto principalísimo es el de la capacidad de cambiar. Cambiar no como receta mágica. Cambiar a tiempo, aprender de la situación en la que estamos, aprender de lo que ocurre con los otros, y tener el coraje de partir al encuentro de caminos que se descubrirán sólo cuando emprendamos el camino, no antes.  La prudencia, tan socorrida, no es la mejor aliada del cambio. Quizás no sea el coraje y la temeridad que haya que evitar sino más bien la prudencia.

Chile en los últimos ha bajado en la escala mundial de la competitividad, las Pymes chilenas han perdido el tercio de su productividad en la última década. Y está siendo así no solo porque nuestra competitividad y productividad estén en baja, sino en buena medida por que otros, en el mundo, están mejorando más rápido y mejor que nosotros. ¡Nos vamos quedando atrás!

Es hora de cambiar, der aprender, de recuperar capacidad de avanzar. Y este cambio no es tarea de máquinas ni de tecnologías ni de métodos de gestión. Es sobretodo cuestión de actitud, de personas que asumen con tranquilidad y coraje el camino del cambio.

Luciano Rodrigo es  Coach Ontológico y Especialista en Gestión de Recursos Humanos, Consultor Internacional, con 25 años de experiencia profesional en Europa. En Chile es Consultor asociado a diversas consultoras. Sus dominios de estudio y de acción privilegiados son la Comunicación, el Liderazgo, el Trabajo en Equipo y la gestión de procesos de cambio.


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